Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
La reciente conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) volvió a encender una alarma que ya resuena en todo el planeta: el avance acelerado de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el empleo.
Ya dejó de ser un planteo futurista, está ocurriendo ahora mismo. Empresas, gobiernos y organizaciones incorporan sistemas capaces de realizar tareas que hasta hace poco requerían la intervención de trabajadores. La ventaja es mayor productividad, reducción de costos y servicios más eficientes. Pero detrás de esos beneficios patronales, nos preguntamos ¿qué va a pasar con las personas que serán reemplazadas?
América Latina enfrenta este desafío en una posición especialmente vulnerable. Millones de trabajadores dependen de empleos administrativos, comerciales, de atención al público y servicios que podrían verse profundamente transformados por la automatización. En economías marcadas por la desigualdad, el empleo informal y la fragilidad de los sistemas de protección social, se ampliará aún más la brecha existente.
Si la inteligencia artificial sirve únicamente para aumentar las ganancias de unos pocos mientras millones de personas pierden puestos laborales, estamos frente a un retroceso social disfrazado de modernización. Si, por el contrario, se utiliza para mejorar la productividad, reducir tareas repetitivas, elevar la calidad de vida y generar nuevas oportunidades de formación y empleo, podrá convertirse en una herramienta extraordinaria para el desarrollo humano.
La OIT plantea una advertencia: “los Estados deben invertir en educación y capacitación permanente. Las empresas deben asumir responsabilidades sociales acordes con los beneficios que obtienen. Y las organizaciones de trabajadores deben participar activamente en el diseño de las nuevas reglas laborales”.
La inteligencia artificial representa uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Pero el futuro no está escrito por los algoritmos. Lo definirán las decisiones humanas, la calidad de nuestras instituciones democráticas y la capacidad de construir sociedades donde la innovación tecnológica avance junto con la dignidad, la inclusión y la justicia social.
El verdadero progreso no resulta de que las máquinas hagan más cosas, sino de que la tecnología sirva para que las personas puedan vivir mejor.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.












